Lo construimos porque nos hacía falta.
Keelvy no empezó siendo un producto. Empezó siendo el sistema interno de dos marcas que fabrican cosas físicas y las venden en varios mercados, y existe porque nada de lo que había en el mercado encajaba con una empresa de ese tamaño.
Las herramientas eran juguetes o eran proyectos.
De un lado, herramientas simpáticas que hacían cada una un cuarto del trabajo: una tienda que sabía precios pero no costes, una carpeta que guardaba fotografías pero no sabía nada de productos, una hoja que sabía las dos cosas y no se lo contaba a nadie.
Del otro, sistemas serios capaces de modelarlo todo, después de seis meses de implantación, un consultor con iguala y un programador para cada cambio que nadie previó. Las dos respuestas dan por hecho que una empresa o no tiene operaciones o tiene un departamento para ellas. Una marca en crecimiento no es ninguna de las dos.
Y así el catálogo se tecleaba dos veces, el coste de un producto era una suposición con un margen encima, y la persona que sabía dónde estaba cada cosa se convertía en un único punto de fallo. Esa era la empresa que éramos, y esa es la empresa para la que construimos.
Cuatro reglas que no hemos roto.
Descrito una sola vez, o no cuenta
El producto se describe una vez. Si un segundo sitio necesita ese mismo dato, lo lee del producto: no guarda una copia que pueda quedarse vieja.
Nada se borra del todo
Archivar en lugar de borrar, y un historial de quién cambió qué, con el valor anterior detrás. Un sistema que no se puede deshacer es un sistema que la gente usa con miedo.
Lo aburrido se hace solo
Cualquier sistema funciona mientras alguien tenga tiempo de cuidarlo, y eso es justo lo que los mata. Los costes se recalculan, los precios siguen la regla y los pedidos de reposición llegan preparados.
Sin proyecto de implantación
Te das de alta, importas la lista con la que ya trabajas y toda la formación es una tarde. Una pantalla que necesita manual es un defecto nuestro.
Dos marcas, cada día laborable, desde antes de venderlo.
Cada pantalla existe porque alguien la necesitó un martes por la mañana, no porque apareciera en una tabla comparativa. Esa es toda la razón de que el catálogo de una marca y sus fotografías estén en el centro de este sistema, y no atornillados al lado de un programa de contabilidad.
Pequeños, directos y con nombre y apellidos.
No hay equipo comercial ni red de partners. Cuando escribes, te contesta alguien que puede cambiar el producto. Cuando algo falta, decimos que falta, y no es una costumbre que un proveedor grande pueda permitirse.
Preferimos mil marcas pagando un precio justo a cincuenta negociando. Esa decisión da forma a todo lo demás: al precio, a la ausencia de coste de implantación y al hecho de que puedas montarlo entero sin hablar con nosotros.